¡Que sea la última vez que vuelves a empezar!

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Coyoacán, Ciudad de México.

 

En casa de mi mamá no había postre después de comer. Por lo general, si a alguien se le antojaba algo dulce podía tomar una fruta del abundante frutero. Eso sí, mi mamá a media tarde, por ahí de las 6, se tomaba un café con unas galletas o un trozo de pastel. Hasta la fecha lo sigue haciendo.

Si por alguna razón yo llegaba a andar cerca o pasar por ahí, lejos de que me dijera que me fuera a hacer la tarea o a jugar, me invitaba a sentarme y “departir”. Eran momentos súper agradables. De hecho, recuerdo unas galletas enoooooormes que remojaba en leche o en su café y me comía con un gozo que no he logrado repetir comiéndolas aquí en casa, ya de grande. Café con galletas es estar en familia, es un abrazo de mi mamá.

Esas galletas son mi alimento gatillo. Si me como una, me como 10. Me cuesta mucho trabajo parar. Prefiero no empezar.

Me pasa algo parecido con las palomitas. Si me como una, me como una bolsa entera. Eso lo relaciono más con mi papá que nos llevaba al cine los domingos y me compraba una bolsa de palomitas (bastante malas, chiclosas) y una Bonafina. También era un momento padre para estar con él. El cine era fiesta.

Así pues… Les pregunto ¿Han identificado ustedes algún alimento que no puedan dejar de comer? Una paciente me contaba que el chocolate le recuerda a su papá que ya no vive; un chico se dio cuenta la semana pasada que no podía controlar el antojo por Gansitos y en consulta descubrió que eso comía con su mamá: compraban uno y lo dividían en dos partes iguales para después jugar a ver quién se lo podía comer más despacio. Después la mamá murió. Otro paciente más alcanzó a ver cómo el alcohol es lo que lo une a su hermano. De hecho, es lo único que tienen en común porque si no beben, pelean.

Así el pan dulce para unos, los tamales o el pozole para otros, las galletas con chispas de chocolate, las papitas… una paciente tiene amor infinito por las salchichas porque eso cenaba con su hermana cuando eran chiquitas.

Ahhhh… la comida. Esa compañera de viaje, de vida. Esa que nos vincula con los demás sin que lo sepamos, sin que nos demos cuenta; que nos acerca a nosotros mismos por caminos insospechados que a veces nos cuesta mucho trabajo descubrir y recorrer.

Esa compañera que nos da tantas alegrías, tantas culpas, tanto miedo y tanta satisfacción. La comida que es de fiesta y de castigo, que nos alimenta y nos mantiene vivos.

Es la comida la que asociamos a personas y a momentos y eso, sólo eso, es lo que complica que podamos moderarnos y comer lo que realmente necesitamos biológicamente y no en el corazón.

Quizá valdría la pena detenernos a pensar por qué comemos lo que comemos en el momento en el que lo hacemos. Quizá para algunos el hambre no es más que una sensación desagradable en el estómago, pero para otros, es una sensación de vacío emocional que necesitan llenar antes de que les desgarre el alma. Para unos comer es lo de menos, para otros comer lo es todo. ¿De qué lado estás en este momento de tu vida?

Sol Sigal.

 

 

27 noviembre, 2019 @ 4:58 am No hay comentarios en ¿Y de postre?