¡Que sea la última vez que vuelves a empezar!

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Coyoacán, Ciudad de México.

De pronto algo cambia y lo que ves en el espejo no te gusta. Hoy amaneciste “gorda” y pinta, sólo por eso, para ser un día patético y digno de ser olvidado. Así de tanto y así de mucho importa (nos importa) nuestra apariencia.

Ella vino al consultorio hace dos semanas. Con una cara de agobio y pocos amigos que me recuerda a alguien que conozco y que le dicen que siempre está de malas, aunque no lo esté.

Ella, lo único que quiere es perder peso, no le importa cómo no le importa de qué, solo quiere que la báscula marque 56. Número que además, sacó de la nada pero no ha podido sacar de su cabeza. Quiere llegar ahí a cómo de lugar.

Platicamos, es ruda. Dice ser abogada y le creo. Tiene todo para serlo. Hacemos una historia clínica rápida, concreta, un análisis de composición corporal que le incomoda de principio a fin y se lleva su dieta. En tan sólo un par de días ya me manda mensaje: Sol, no he bajado nada. Le explico que aún no ha dado tiempo para que su cuerpo entienda que ella está comiendo diferente, pero que esta no haciendo barbaridades y no lo está maltratando.

Al insistir en alcanzar “x” peso ha hecho una cantidad de tonterías indecibles: ayunos, pastillas, cirugías, medicinas, ejercicio en exceso, laxantes y diuréticos. Además, lo cuenta no con miedo o vergüenza sino con orgullo. Lo que importa es ser flaca, lo demás es lo de menos.

Pasan dos semanas y regresa a consulta. Claro, con varias conversaciones y chateadas intermedias porque “no bajo nada”. Y es real. La peso y el equipo, si, mi báscula del demonio como muchos la conocen, confirma el máximo terror: su grasa no se mueve, su músculo tampoco.

Asegura haber comido perfecto, haber seguido la dieta al pie de la letra. De hecho, se la sabe de memoria y no le falta ni sobra medio gramo a nada. Está obsesionada y así seguirá.

Cuando se baja de la báscula veo en ella una mezcla de odio, enojo y frustración. Con ella, conmigo, con la báscula y con el universo que conspira en su contra. La entiendo, he estado ahí y es horrible.

Además, ahora todo pierde sentido porque lo importante era entrar en el vestido para una boda, evento célebre que se llevará a cabo en sólo dos días y a dónde irá acompañada por un galán mismo al que, me imagino, si la acompaña a la boda es porque ya le gusta, ¿no?. Pues ella quiere gustarle más aun y está convencida de que la única manera de que eso suceda es siendo más y más flaca.

Queda poco por hacer, el evento es ya y ella está como está. Guapa, por cierto. Ojalá, le digo, yo tuviera la receta secreta o una varita mágica, pero eso no existe. Hay que ver si hay algún daño metabólico y descartar cuestiones hormonales y de la tiroides que pudieran estar obstaculizando su pérdida de peso. Eso no le interesa, no lo va a hacer porque, de hecho, prefiere ni saber. Se va así, como vino, pesando lo mismo y sintiéndose igual de mal que como cuando llegó.

Yo, me quedo pensando. Estas historias siempre me impresionan, me marcan, me aterran. ¿Qué tenemos que hacer los papás tan mal como para hacer sentir a nuestras hijas que valen por lo que pesan? ¿Qué tuvo que pasarle en la vida para que su autoestima esté así de lastimada y sus motivaciones sean externas? ¿Cómo ayudar a quién no se puede penetrar?. Eso si, al final me quedo con el “es la única dieta, debo confesar, con la que no me he sentido mal, no me he desmayado y no he tenido hambre.

Fuente: El Universal

17 junio, 2015 @ 3:08 pm No hay comentarios en ¿Más flaca es más feliz?