¡Que sea la última vez que vuelves a empezar!

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Coyoacán, Ciudad de México.

 

Hoy diré poco porque hoy, hace exactamente un año, fue el día más triste de mi vida. Al menos ese recuerdo así surca mi mente.

Hoy hace un año fue el temblor, el segundo temblor fuerte que recuerdo. A mi también me tocó el de 1985 pero no fue igual, solo tenía 11 años y a esa edad nada queda claro. Estaba en el camión de la escuela, en un alto sobre División de Norte y Av Pacífico. Había una fuente (hoy ubico muy bien esa esquina y la fuente ya no está). Recuerdo estar viendo por la ventana cuando comenzó el sismo, sentir que el camión se movía y ver el agua de la fuente saltar por todos lados. No entendía qué estaba pasando, de hecho hasta me parecía gracioso. Llegamos al colegio y no nos dejaron entrar, se habían caído algunos edificios. Nos regresaron a casa. Recuerdo a mi mamá ayudando, la escuela de mi hermano hecha albergue y todos involucrados un poco en el tema. Recuerdo también las réplicas con miedo. Sentir que comenzaba todo a moverse y correr para salirme de casa, con mi hermano, cargando al perro y a mi hámster.

Todo eso pasó y no dejó mayor huella en mi, solo el: no corro, no grito, no empujo. Es más, soy de aquellas que no tienen miedo a los temblores. O no tenía. El sismo de 2017 lo cambió todo.

Ese día fue de angustia, de tratar de entender la dimensión de lo que había pasado conforme avanzaba el tiempo. De amar los chats del colegio de mi hija que siempre he alucinado. De odiar las redes sociales. De tristeza profunda. De impotencia. De enterrar a una nena de solo 7 años que ese día, como cualquier otro, sólo estaba en su escuela y que no pudieron rescatar de los escombros. De ver la impotencia de quien quiero por no poder hacer nada. De no encontrar a quien buscábamos hasta que lo encontramos sin vida. De no saber cómo decirlo. De tratar de ayudar a los que estaban ayudando y solo llevar café con galletas, ropa días después. De abrazar a mi hija y agradecer que ella estaba bien. De agradecer que mi abuela ya está muerta porque el edificio donde vivía colapsó y sus vecinas quedaron enterradas. De agradecer que muchos de mi familia no están en México porque aquí todo estaba mal. De detener mi vida por un instante. De sentir que no sirvo y no aporto. De conocer mejor a quien está cerca, quien soy y quien no soy.

Un miércoles de pánico, de silencio, de búsqueda, de pérdida, de todo borroso, de lágrimas contenidas, de dolor infinito, de agradecimiento, de estar y no estar, de incredulidad, de impotencia.

Los temblores no se pueden predecir, no sabemos cuando van a suceder. Las muertes tampoco. Abraza hoy, ama hoy, dilo hoy porque quizá ya no habrá un después.

19S.

Sol Sigal.

 

 

 

 

 

19 septiembre, 2018 @ 3:18 pm No hay comentarios en Hoy, 19S