¡Que sea la última vez que vuelves a empezar!

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Coyoacán, Ciudad de México.

 

Muchas veces me han preguntado si yo vivo a dieta. De hecho, es un poco una pesadilla salir con amigos o familia y escuchar el típico “me va a matar la nutrióloga” y que se te queden viendo o “¿me puedo comer un pedazo de pastel?” mientras te sonríen con mirada de travesura. El peor es el “¿vas a comerte eso? Con cara de sorpresa-jucio-desilusión, como si las nutriólogas no fuéramos (también) personas y con derecho a comer lo que se nos antoja.

Donde creo que radica la diferencia es en las cosas que finalmente elegimos comer. Suelen ser cosas saludables aunque se nos antojen muchas otras y lo hacemos para que, al paso de los días, las semanas y los meses podamos estar seguras de haber comido básicamente bien y poder educar con el ejemplo.

Es decir, nosotras (más que nadie) estamos conscientes de lo que nos metemos a la boca, vivimos en la mira de los que están cerca y todo el tiempo somos analizadas y cuestionadas al respecto.

El punto es que esta es la profesión que elegí y la amo. Me hace estar en contacto con mis demonios todo el tiempo y obligarme a pensar en ese tema tan doloroso que es el peso. Si, a mi me duele mi peso como le duele a muchísimos otros.

Por eso es que he vivido a dieta, comiendo lo mejor que puedo y haciendo ejercicio. Hoy por hoy no imagino mi vida sin actividad física ni comiendo todo el tiempo comida rápida o cochinadas. Me veo activa y comiendo verde y limpio (sin manías).

Con base en todo esto puedo decirles algunas dietas que jamás haría ni recomendaría. Estas dietas existen, conozco quienes las han hecho y peor aún, quienes las recomiendan. Claramente yo no y espero que este texto se tome como una llamada de atención para quienes las están haciendo o considerando hacer: no son sanas, no son buena idea y si son mortales. Ahí les va:

Dieta de la piña (o cualquier fruta). Consiste en comer sólo un tipo de fruta por varios días (o una fruta diferente cada día) con la promesa de perder muuuucho peso y muy rápido. Esto no sucede y lo que si puede pasar es que sufras serios trastornos gastrointestinales, malnutrición y rebotes. Además, suelen ser dietas donde se pierde músculo y agua, no grasa. Lo mismo sucede con la famosa dieta de la limonada con miel de maple y pimienta cayena, pésima idea.

Engraparme los dientes o comer por la nariz. Esto tiene como objetivo que la dieta sea líquida y lo más baja posible de calorías. Pésima idea que te hará sentir fatal y pondrá en riesgo tu salud.

Ayunos (intermitentes o totales). La propuesta es comer por sólo algunas horas del día o de plano no comer algunos días completos. Se supone que pierdes peso y te desintoxicas pero en realidad estás deshidratado y sometiendo al cuerpo a un estrés infinito. Las 8-10 horas que no comes durante el sueño de la noche son suficientes para eliminar toxinas.

Con inyecciones, pastillitas de colores o de farmacia. Se supone que te vacunan contra la obesidad, te dan pastillitas mágicas que van a quitarte el hambre o cualquier sustancia extraña que va a cambiar tu cuerpo para siempre y nunca más sentirás hambre, ¡Como si esas seis rebanadas de pizza o tres donas realmente te las comieras por hambre! Estas dietas no atacan el verdadero problema del sobrepeso: la ansiedad. Lo que si pueden es dañar de manera irreversible tu metabolismo y tu tiroides así que no caigas en promesas de cosas que te dicen que “son naturales” y que van a hacer lo que sólo dieta y ejercicio pueden lograr.

Comer bolas de algodón o una solitaria. Así es, comer huevecillos de solitarias para tener el parasito en el intestino y así poder comer sin engordar es una tontísima idea de quienes han pensado que comer bien es más difícil. Otras, algunas modelos, remojan torundas de algodón en jugo de naranja y se las comen con el afán de quitarse el hambre sin engordar. Nadie que esté en su sano juicio comería fibras sintéticas que pueden obstruir el intestino o un parasito con tal de no engordar. Son trastornos más cercanos al famoso “pica” o a la anorexia-bulimia o qué se yo. Estas decisiones pueden llevarte a la muerte.

Así pues, te dejo lo que jamás haría. Yo mejor me aguanto las ganas de comer o como lo que sea y asumo las consecuencias. Valoro más la salud de mi cuerpo que cómo se ve Jamás lo podría en riesgo, al menos no ahora que tengo 44 años y una visión completamente diferente de las cosas que valen la pena en la vida.

Sol Sigal.

 

 

 

 

 

16 mayo, 2018 @ 2:15 pm No hay comentarios en Dietas que jamás haría