¡Que sea la última vez que vuelves a empezar!

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Coyoacán, Ciudad de México.

161 Maraton Chicago

Desde el vuelo con destino a Chicago se respiraba un ambiente de maratón. Los relojes Garmin en las muñecas de los pasajeros los delataban: corredores. El sábado 10 de octubre acudí por mí número a la Expo Maratón y después a realizar la “carga de carbohidratos” en un restaurante italiano donde degustamos la famosa pizza estilo Chicago, la cual tiene 5 centímetros de grosor. De allí un pequeño paseo por Millenium Park para tomar la clásica foto con uno de los símbolos de la ciudad, la escultura The Cloud Gate, más conocida como El frijol, por su forma similar y de allí a caminar por la Magnificent Mile, la avenida más glamurosa de Chicago para después ir a dormir temprano.

El día de la carrera iniciamos actividades antes de las 5:00 am. La vestimenta: la ropa que tenías destinada para ese día, en cuya camiseta plasmaste tu nombre y país con el fin de que los espectadores te alienten gritando: ¡Go Luigi! o ¡Vamos México! Hecho lo anterior nos dirigimos en metro al lugar de salida del maratón en Grant Park, a la altura de la Fuente de Buckingham.

En el maratón de Chicago participan más de 45,000 corredores, así que la salida se hace por segmentos denominados corrales, en cuya primera línea se ubican los atletas con alguna discapacidad, atrás de ellos los corredores de élite como kenianos y etíopes y tras de ellos, los demás corredores somos colocados en grupos, los más rápidos adelante y así sucesivamente. Mi corral asignado fue el F y fue aquí donde me despedí de mi esposa y hermano, quienes como porra iban a correr su “maratón” alterno a través de las distintas líneas y estaciones del metro de Chicago que coincidían con la ruta del maratón, y con un poco de suerte, ver pasar entre las multitudes al corredor cuya pechera era la del número: F23003.    

Una vez en la salida, miraba hacia adelante y atrás y lo único que podía ver era un interminable mar de corredores. Los últimos detalles: estiramientos, ajustarse bien los tenis, el cronometro del reloj y mentalizarse de que tendrás por delante 26.2 millas o 42 kilómetros y 195 metros, dependerá de la óptica de la unidad de medida con la que lo quieras ver, ya que correr un maratón también es cuestión de perspectiva. Nunca he utilizado audífonos, correr para mí significa una suerte de meditación en movimiento, un espacio de distancia y tiempo dónde me desplazo con mis pensamientos.

Al cruzar el tapete de salida, emoción y nervios te invaden porque estás ante el momento por el cual te preparaste varios meses. Desde el primer kilómetro te das cuenta que hay miles de espectadores en las aceras, gente disfrazada, pancartas de todo tipo, banderas y gritos de apoyo. El júbilo y porras de la gente son un ingrediente adicional que los corredores apreciamos y agradecemos, sin ellos no sería igual.

La ruta del maratón está diseñada para recorrer las principales avenidas del centro de Chicago con sus imponentes rascacielos y pasar por 29 barrios característicos de la ciudad, entre ellos, el italiano, el chino, y por supuesto, el barrio mexicano. En la milla 2 pasamos frente al teatro Chicago en el barrio Loop, que se caracteriza por su serie de rascacielos para continuar hacia el norte de la ciudad hasta Linconl Park donde llevamos 10 kilómetros.

A la altura del kilómetro 16, el recorrido continuó por el Old Town, un barrio con construcciones antiguas. Hasta aquí todo iba conforme al guión, superando mis expectativas: la rodilla derecha sin ninguna queja y mi tiempo mejor de lo planeado, crucé los 21 kilómetros cuando el reloj marcaba 2 horas con 3 minutos. En esos momentos me ilusioné con terminar el maratón en menos de 4 horas si me esforzaba un poco más en la segunda mitad, pero metros más adelante una fuerte molestia en el pie derecho surgió de repente, tuve que pararme, quitarme el tenis y la calceta y observe la formación de una ampolla en la parte interna del arco del pie. Tuve que mentalizarme y procuré apoyar la pisada con la parte externa del pie hasta que desapareció la molestia, o por lo menos, deje de pensar en ella. Continúe trotando, pasé por el barrio griego, después por el barrio italiano. Durante todo el recorrido no hubo tramo donde no se sintiera el apoyo y los gritos de aliento de la gente, de hecho, era difícil encontrar espacios vacíos de espectadores en las aceras, parecía que toda la ciudad había salido a las calles para arengar a los más de 45 mil corredores.

Al llegar al kilómetro 30, el reloj anunciaba un tiempo de 2:56, restaban poco más de 12 kilómetros por delante. A estas alturas me encontraba corriendo por el barrio de Pilsen, al dar la vuelta en una de las calles y escuchar música de tambora, seguida de mariachis, ver restaurantes y banderas mexicanas y sentir los gritos de ¡Vamos México!, estaba atravesando el barrio mexicano, motivación que ocasionó que acelerara el paso, todavía con la esperanza de parar el reloj antes de 4 horas. El siguiente barrio a cruzar fue el barrio chino a la altura del kilómetro 35. Aquí me esperaba mi familia para darme los últimos gritos de apoyo y mostrar las pancartas de aliento que un día antes habían elaborado con tanto cariño y esmero.

Restaban sólo 7 kilómetros, pero la fatiga ya había hecho mella en mis piernas y trotaba con más ganas que fuerzas, mientras me autorecitaba mantras para motivarme y no sentir el dolor muscular que me estaba aquejando. La brecha entre un kilómetro y el siguiente se hacía eterna, pero continué trotando en una especie de transe mecánico consistente en mover una pierna y después la otra, y así sucesivamente. Cuando crucé los 40 kilómetros me encontraba exhausto, miré el reloj: el sueño de las 4 horas se había escapado. A estas alturas las prioridades habían cambiado y lo único que anhelaba era cruzar la meta. A lo lejos veía el conglomerado de rascacielos, sabía que la meta estaba cerca, aflojé un poco el paso para disfrutar el momento, observar a la gente, escuchar sus gritos de apoyo, mirar los rostros deformados de otros corredores que denodadamente se esforzaban por llegar a la meta o mejorar sus propios tiempos. Llegamos a Grant Park, una última cuesta y por fin el marco con la leyenda Finish, había terminado mi segundo maratón. Felicidad indescriptible.

28 octubre, 2015 @ 2:59 pm No hay comentarios en Mi Maratón Chicago 2015